Vivir sobre el agua

Las casas flotantes pueden ser una alternativa al cambio climático y al encarecimiento del precio de la vivienda. En Holanda y en otros países europeos, la comunidad de vecinos que moran en ellas es numerosa, pero en España la legislación lo pone más difícil. Aunque no imposible.

Tatami, la casa flotante de Julius Taminiau – Ámsterdam

La aventura acuática del arquitecto holandés Julius Taminiau comenzó hace unos cuatro años. Entonces vivía con su familia en un pequeño apartamento del centro de Ámsterdam y quería mudarse a una casa, pero los precios de los inmuebles en la ciudad habían subido como la espuma y tuvo que plantearse alternativas más baratas. Por casualidad, Taminiau se topó con una vieja casa flotante en ruinas que se vendía con sus propios amarres y que formaba parte de un pueblo de entre 200 y 300 viviendas similares cerca del antiguo estadio olímpico de Ámsterdam, todas ocupadas por quienes buscaban soluciones habitacionales asequibles. El lugar le encajó, y allí instaló el arquitecto una casa prefabricada de tres plantas (la más baja, a 1,5 metros bajo el agua) de nombre Tatami, pues para su diseño se inspiró en el diseño japonés. Tatami se construyó al otro lado del país, y fue remolcada a lo largo de cien kilómetros por el lago IJsselmeer hasta alcanzar su destino. 

Aunque Julius Taminiau había trabajado en un proyecto similar de casa flotante en Londres, el reto de alumbrar Tatami no le resultó fácil. En este tipo de construcciones se suele emplear plástico y otros materiales resistentes al agua, pero el holandés se decantaba por componentes sostenibles. Así que pensó en la madera, y con ella revistió fachadas y creó ventanas con una garantía de vida de 50 años. Para que flotara, colocó una caja de hormigón. Todo ello le salió por mil euros el metro cuadrado (200.000 euros en total). Y desde entonces está allí. 

El trazado de Ámsterdam, un laberinto de cien kilómetros de canales interiores, está poblado por unas 2.500 viviendas de este tipo amarradas a las orillas.

Para Julius Taminiau, vivir sobre el agua solo comporta beneficios. “Podría ser una de las soluciones al cambio climático, porque una casa flotante puede moverse (y fácilmente) junto con el nivel del agua, y se puede prefabricar completamente. También hace que los residentes sean más conscientes de la naturaleza, pues constantemente se ven animales nadando. Además, el agua circundante se puede utilizar como agua gris (por ejemplo, para descargar el inodoro o la lavadora), incluso filtrarse en agua potable; y el calor del agua podría usarse para calentar la casa. Como ésta tiene que mantenerse a flote, es necesario construirla más liviana y asignar materiales más conscientemente”, señala. A todo esto añade que vivir en el agua otorga mucho placer. “Uno puede saltar por la ventana para darse un chapuzón; la luz se refleja en el agua, por lo que entra más luz, y hay pocas molestias por ruido porque hay poco o ningún ruido de contacto”.

Holanda, pionera

Tatami, que no tiene forma de barco (las casas que descansan en el medio acuático no tienen por qué serlo, aunque muchas se han instalado en antiguos buques de carga), reside en un país que fue pionero en estas lides. El trazado de Ámsterdam, un laberinto de cien kilómetros de canales interiores, está poblado por unas 2.500 viviendas de este tipo amarradas a las orillas. También hay barrios ad hoc. En la parte este de la urbe se encuentra, por ejemplo, el vecindario familiar sobre el agua Ijburg, una colección de seis islas artificiales en el lago IJmeer con bloques de apartamentos, villas urbanas y una variedad de casas familiares encargados por arquitectos dispuestos a dejar su huella en el diseño. En Ijburg, un apartamento de tres habitaciones cuesta de media 286.000 euros (si se alquila, serían 1.275 euros al mes, según la web para expatriados Good Migrations). Como en Holanda, otros países europeos con abundancia de canales, ríos y lagos (léase Reino Unido y Francia) han sido caldo de cultivo de una extensa comunidad de viviendas flotantes que nacieron tras la II Guerra Mundial, dando uso a barcos inservibles ante la escasez de hogares tradicionales. Esas naves modestas de pescadores distan mucho de las modernas viviendas flotantes de diseño que se levantan hoy y que son sostenibles, autosuficientes y hasta albergan lujos. Y no es descartable que se conviertan en una solución cada vez más recurrente, teniendo en cuenta que nuestro planeta está formado en un 71% por agua, que hay superpoblación, que los precios de la vivienda tienden a subir y que hay escasez de suelo urbanizable.

El caso español

En España, sin embargo, no es un estilo de vida muy demandado. Al menos para vivir de continuo. La oferta se centra en viviendas vacacionales ubicadas en puertos y marinas deportivas que ejercen de urbanizaciones sobre el mar. Una de las pocas empresas que trabajan en este campo es la española Home Aboard, dedicada a la promoción de viviendas. En 2014, sus responsables idearon una casa flotante de uso residencial que situaron en Marina Salinas (Torrevieja, Alicante). Con 15 metros de eslora o longitud y cinco de manga o anchura, en ella caben cuatro dormitorios, dos baños completos, una cocina, un salón comedor y dos terrazas, y está fabricada con fibra de carbono, hormigón, madera y acero.

Su precio asciende a 270.000 euros, se explota como alquiler vacacional y aún no se han construido más como ésta, pero cuenta el arquitecto Manuel Arnau Marín, parte integrante del proyecto, que les han surgido clientes interesados en desarrollos similares en otros puertos españoles. 

“España no está preparada para las viviendas flotantes porque no se concibe que un elemento portátil que no esté enclavado en un lugar sea una casa. El problema es la burocracia, la legalización de la misma casa como vivienda. Se trata de una embarcación con una matriculación, y por lo tanto depende de las capitanías marítimas [dependientes del Ministerio de Fomento], no de urbanismo. Da igual el aspecto que tenga la casa, porque cumple todos los requisitos legales para que sea una embarcación. Es cada puerto el que, por política interna, puede poner restricciones a esa casa”, comenta Arnau.

Sin categoría de vivienda, estos artefactos flotantes no tripulados están exentos de tributos como el IBI (Impuesto sobre Bienes Inmuebles) o la Tasa por prestación del servicio de gestión de Residuos Urbanos de Actividades. Sus dueños tampoco pagan la comunidad de vecinos, pero tienen otras cargas. “A nivel nacional está la matriculación y la inspección técnica ITB, que es como la ITV de los coches pero en barcos. Y el amarre del puerto en el que descansan. A cambio, se benefician de las instalaciones del club náutico: gimnasio, seguridad, etcétera”. 

España no está preparada para las viviendas flotantes porque no se concibe que un elemento portátil que no esté enclavado en un lugar sea una casa. El problema es la burocracia, la legalización de la misma casa como vivienda

Manuel Arnau Marín

En Portugal, la empresa Friday comercializa pequeñas casas flotantes de entre 10 y 18 metros de eslora y seis de ancho, que miden de 28 a 52 metros cuadrados. Ofrecen una cocina equipada para el uso diario, bomba de calor y generador de aire acondicionado, una barbacoa en la terraza superior para los días de sol y una bodega y estufa de pellets para cuando llega el frío. Como esta casa tiene un diseño modular, todos sus componentes, incluidos los muebles, pueden almacenarse en dos contenedores estándar y enviarse a casi cualquier lugar del planeta. Cuando se carga, la casa es autosuficiente durante al menos siete días, y produce hasta el 80% de sus necesidades energéticas anuales (el 100% durante más de seis meses). El precio varía de un modelo a otro, pero parte de los 70.000 euros y puede alcanzar los 260.000 euros.

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Teresa Sapey

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